Lo infinito no puede dejar de existir

El arte no siempre ha tenido la consideración que hoy tenemos de él. Durante un largo periodo, art, kuns, techné se concebía  bien como la habilidad de producir intencionadamente objetos o efectos naturales o bien un cuerpo organizado de conocimientos que podían ser transmitidos de generación en generación.

Curiosamente, la función de que las artes visuales debieran imitar la naturaleza no procede de un interés genuino del artista, que siempre ha tenido en ella los mejores exempla. Sino más bien, de aquellos eruditos y poetas que alaban a aquel que es capaz de conseguir esta imitación verídica.

La exigencia procede más de quienes la contemplan. 

Tomás de Aquino (1225-1274) así lo concibió, como una relación entre un sujeto y un objeto, en la que de manera objetiva, puede ser analizada y definidas sus características. En la Suma teológica dice “la belleza requiere la satisfacción de tres condiciones: la primera es integridad o perfección del objeto (...) la segunda es la proporción debida o la armonía, y la tercera es la claridad, pues las  cosas que poseen color brillante son hermosas”.

Esta claridad que la luz provoca, aleja a las tinieblas. Desde tiempos micénicos, Dios se manifiesta mediante el resplandor de una corriente luminosa que recorre todo el universo y así el icono sirve como cauce entre lo celestial y lo humano. 

Pero, ¿en qué consiste la belleza y en qué forma podría compaginarse con la representación de la naturaleza? El artista, dice Alberti “debe estar atento no sólo a la semejanza sino también y especialmente, a la belleza, pues en la pintura, la belleza es tan placentera como necesaria”.

Si en las obras del medievo la recreación de una luz dorada es sinónimo de la luz divina, lo eterno que no puede volver a ser creado, más que en el ínterin de la contemplación de la obra, es percibir de nuevo.

Antes no estabas percibiendo en absoluto, pues ¿cuál es el mundo que le espera a tu percepción cuando finalmente lo veas? En esta experiencia perceptiva radica el poder del arte, el de reforzar la creencia en otro mundo, el que te redime y te presenta lo “real”.

Tu percepción busca una consonancia con tus creencias, con la experiencia. Todo aquello que despierte en ti una sensación, un pensamiento amoroso es por un instante, vivido como un momento eterno. Y la belleza es una manifestación sensible del sentimiento amoroso que eleva al hombre a otra dimensión, equiparando eternidad con amor. 

El artista convierte esa luz que todo lo irradia en frecuencia espacial que todo lo llena. Lo eterno no puede morir como lo infinito no puede dejar de existir.

Alberti sistematiza el arte de la pintura donde, contorno, composición, color y los movimientos expresivos dentro de un espacio racional, se representan acorde al punto de fuga, el que nos dirige la mirada hacia la infinitud del espacio. 

Este es el nuevo marco donde el artista recrea la naturaleza con un propósito de búsqueda de belleza, en la que, si alcanza la representación o el estímulo del sentimiento amoroso, habrá elevado al hombre a otra dimensión, en la que siente la redención de su alma, y es cuando se le revela que lo eterno no puede morir, como lo infinito no puede dejar de existir.

Raquel

Raquel Sáez García

Fundadora de ARThink

Ponente I Formadora I Creadora

www.arthink.es

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